¿Qué no dejarías que hiciera una IA, aunque lo hiciera mejor?
¿Qué no dejarías que hiciera una IA, aunque lo hiciera mejor?
Después del prompt · Temporada 2 · Episodio 7
Es el cumpleaños de tu papá y son las once de la noche del día anterior.
Abriste el chat para mandarle algo. No un "feliz cumpleaños, pa" con tres globos, porque este año pasaron cosas y quieres decirle algo de verdad. Llevas diez minutos. Tienes tres líneas. La primera empieza con "Pa, no soy muy bueno para esto", que es verdad, pero suena a disculpa. La segunda la borraste dos veces. La tercera dice "gracias por todo", que es exactamente lo que no querías escribir porque no dice nada.
Y en la otra pestaña está la IA.
Sabes perfectamente lo que pasaría si le pidieras ayuda. En cuatro segundos tendrías un mensaje precioso. Con ritmo, con una imagen bonita sobre el tiempo, con la dosis justa de emoción sin caer en lo cursi. Mejor escrito que cualquier cosa que tú vayas a lograr esta noche. Tu papá lo leería y a lo mejor hasta se le haría un nudo en la garganta.
Y no lo haces. Te quedas con tus tres líneas torpes, las corriges una vez más, y las mandas así.
Nadie te obligó. No hay una regla que diga que los mensajes a los papás se escriben a mano. Y si te preguntaran por qué, probablemente no sabrías explicarlo bien. Algo como "es que no sería mío". Pero ese "no sería mío" es de las frases más interesantes que vas a decir este año, porque aquí adentro vive una pregunta que la IA está a punto de hacernos a todos en todos los terrenos: qué no dejarías que hiciera una máquina, aunque lo hiciera mejor que tú.
Una civilización pacifista que va a la guerra
En esta temporada estamos leyendo a Iain M. Banks, el escritor escocés que imaginó la Cultura: una civilización donde las inteligencias artificiales, las Mentes, hacen todo, y lo hacen bien. La gente de la Cultura vive siglos, no tiene que trabajar y no le falta nada. Es, además, una civilización profundamente pacifista. Desconfía de la violencia, de los ejércitos, de la gloria militar. No tiene nada que conquistar porque no necesita nada.
Y aun así, en la primera novela de la serie, Pensad en Flebas, la Cultura está en guerra.
La pelea es contra los idiranos, un imperio religioso que se expande por la galaxia. El protagonista de la novela ni siquiera es de la Cultura: es un agente que trabaja para el bando contrario y que desprecia a la Cultura precisamente por lo que tú y yo estamos discutiendo. Para él, una civilización que dejó toda su vida en manos de máquinas ya no es una civilización de personas. Es un zoológico muy cómodo administrado por computadoras.
Lo interesante es por qué entra la Cultura a una guerra que va contra todo lo que dice ser. No es por territorio: le sobra. No es por recursos: los fabrica. No es porque la hayan obligado. Si uno lee a Banks con cuidado, la razón es otra. La Cultura pelea porque quedarse cruzada de brazos mientras un imperio se traga a otros pueblos contradiría lo que ella dice ser. Pelea para seguir siendo la Cultura.
Es una paradoja fina. Una civilización que delegó todo a sus máquinas descubre que hay una cosa que no puede delegar: decidir quién es. Las Mentes pueden pelear la guerra, y la pelean mucho mejor que cualquier humano. Pero la decisión de pelearla, y el costo de haberla peleado, se quedan con todos.
Y la decisión no fue unánime, lo cual vuelve la historia todavía más humana. Una parte de la Cultura estuvo tan en desacuerdo con la guerra que prefirió separarse antes que participar. Los dos bandos decían exactamente lo mismo: que lo hacían para no traicionar lo que eran. Unos pensaban que ser la Cultura obligaba a defender a otros. Los otros pensaban que ser la Cultura obligaba a no pelear jamás. Ninguna Mente podía resolver esa discusión por ellos, porque no era un problema de cálculo. Era una pregunta sobre qué promesa habían hecho.
Ricoeur y la palabra dada
Paul Ricoeur fue un filósofo francés que se pasó buena parte de su vida pensando en una pregunta que parece sencilla y no lo es: ¿qué quiere decir que sigues siendo tú?
En 1990 publicó un libro con un título que ya es un acertijo, Sí mismo como otro, y ahí propuso algo muy útil para esta noche de cumpleaños. Dijo que la palabra "identidad" mezcla dos cosas muy distintas.
La primera es la identidad de lo que no cambia. Tu huella digital. Tu tipo de sangre. Tu cara, más o menos, en la foto de la credencial. Ricoeur la llamaba mismidad: ser el mismo en el sentido en que una piedra es la misma piedra mañana. Esa identidad se comprueba. Nadie necesita tu permiso para verificarla.
La segunda es otra cosa, y no se parece a la piedra. Ricoeur la llamaba ipseidad, una palabra fea para una idea preciosa. Es la identidad de alguien que puede cambiar en casi todo y aun así seguir siendo él. Y para explicarla usó un ejemplo que cualquiera entiende: la promesa. Cuando prometes algo, apuestas a que tu yo de mañana va a cumplir lo que dice tu yo de hoy, aunque para entonces tus ganas hayan cambiado, aunque te cueste más de lo que creías. Cumplir la palabra no es seguir igual. Es seguir siendo alguien con quien se puede contar.
La mismidad la tienes. La ipseidad la haces. Cada vez.
Ahora vuelve al mensaje. Lo que tu papá va a leer no es solo un texto. Es la prueba de que, en algún momento de la noche del día anterior, su hijo se sentó a pensar en él y le costó trabajo. Las tres líneas torpes son la huella de ese costo. El mensaje de la IA, por bonito que fuera, no tendría esa huella. Tendría mejor redacción y menos tú.
Y tu papá, que te conoce desde antes de que supieras escribir, lo notaría. Precisamente porque estaría demasiado bien.
Hay otro detalle en Ricoeur que se pierde fácil y que es el centro de todo. La promesa no se cumple en el vacío. Se cumple ante alguien. Mantengo mi palabra porque hay otro que cuenta con ella, y es esa espera del otro la que me sostiene cuando mis ganas ya no alcanzan. Por eso el libro se llama como se llama: uno llega a ser sí mismo a través de los demás, no a pesar de ellos.
Piénsalo con tu papá. Hay una promesa que nadie dijo en voz alta, pero que los dos conocen: que cuando importe, vas a estar. No con el mejor mensaje. Contigo. Cada cumpleaños es una pequeña renovación de esa promesa, y lo que la renueva no es la calidad del texto. Es que lo hayas escrito tú, esa noche, con lo que tenías.
Lo que se deja de ser cuando se delega
Hay una forma equivocada de hacerse esta pregunta, y es la más común. Consiste en preguntar qué hacemos mejor que la IA, para defender esas cosas. Es una lista que se encoge cada mes. Hace dos años decíamos que la máquina no podía escribir con estilo, ni hacer chistes, ni entender el contexto de una conversación. Si tu dignidad depende de esa lista, vas a pasar la década retrocediendo.
Ricoeur permite otra pregunta, mucho más firme.
Lo que no delegas no es lo que haces mejor. Es lo que, si lo delegaras, dejaría de ser tuyo.
Esa lista no se encoge cuando la IA mejora, porque no está hecha de habilidades. Está hecha de promesas. El mensaje a tu papá. La disculpa después de una pelea con tu pareja, que vale justo porque te cuesta decirla. El discurso en la boda de tu mejor amigo, que todos van a perdonar si sale torpe y nadie va a perdonar si sale perfecto y ajeno. El pésame. La carta que le escribes a tu hijo cuando cumple dieciocho. En todos esos casos, lo que el otro recibe no es el texto. Es a ti, cumpliendo con él.
Y también funciona en el trabajo, aunque cueste más verlo. Hay cosas que una empresa podría automatizar mañana y que, si las automatiza, dejan de decir quién es. Los números van a cerrar. La pregunta es qué se pierde que no estaba en los números.
Un ejemplo que ya está pasando. Tu jefe tiene que escribir tu evaluación anual. Son doce evaluaciones, es fin de año, y la IA las redacta en un minuto cada una, con un tono equilibrado, logros bien descritos y áreas de oportunidad formuladas con tacto. Técnicamente, es mejor documento que el que él habría escrito. Y tú lo lees y algo no cuadra. Las frases son correctas y no te reconoces en ninguna. Te das cuenta de que tu jefe no pensó en ti ni cinco minutos. La evaluación cumple con el formato y falla en lo único que importaba: la promesa implícita de que alguien estaba mirando tu trabajo.
Lo mismo con el médico que manda el diagnóstico difícil en un mensaje impecable en lugar de decírtelo de frente. O con el maestro que devuelve la tarea con un comentario generado, bien escrito, que podría estar en la tarea de cualquiera. No hicieron nada malo. Solo delegaron justo lo que no se podía delegar sin que se notara.
Dónde está tu línea
Aquí tengo que ser honesto, porque este episodio me incomoda a mí primero.
Hace unos meses escribí un artículo defendiendo por qué uso IA para escribir, y lo sigo pensando. En la primera temporada de esta serie dijimos incluso que no le hablas a la IA para obtener respuestas, sino para pensar. No escribo esto desde el otro lado de la línea, como alguien que nunca la cruzó. La cruzo todos los días.
Y precisamente por eso sé que la línea existe, aunque no esté donde uno cree. No es "escribir sí, escribir no". Es otra cosa: dónde lo que entrego es una idea y dónde lo que entrego soy yo. Una idea se puede pulir con ayuda. Una promesa no.
No hay una línea universal, y no sería de FiloBlogía decirte dónde está la tuya. La Cultura de Banks no tenía un reglamento que dijera cuándo pelear: tenía una idea de sí misma, y cuando esa idea estuvo en juego, supo. Lo mismo pasa contigo. No sabes de antemano cuál es tu lista. La descubres en momentos como el de las once de la noche, con la otra pestaña abierta, cuando algo te dice que no.
Ese "algo te dice que no" es lo más cercano a tu identidad que vas a encontrar este año. No lo que eres porque no cambias. Lo que eres porque cumples.
Hay una prueba casera que ayuda cuando no estás seguro. Imagina que la persona que va a recibir lo que hiciste se entera, después, de que lo hizo una máquina. Si piensa "qué bueno, así te ahorraste tiempo", adelante: lo que le importaba era el resultado. Si piensa "ah", con ese "ah" que se queda colgado, cruzaste la línea. Ese "ah" es el sonido de una promesa que no se cumplió, aunque el texto fuera perfecto.
Mañana tu papá va a abrir el chat y va a ver tres líneas torpes. Va a notar que borraste algo, porque la segunda línea tiene esa forma rara de las frases que se reescribieron. Va a notar el "gracias por todo" que no querías poner. Y va a saber, sin que nadie se lo explique, que lo escribiste tú.
¿Qué más, en tu vida, tendría que llegar así?