Podrías delegarlo todo. ¿Por qué sigues yendo?

Podrías delegarlo todo. ¿Por qué sigues yendo?

Después del prompt · Temporada 2 · Episodio 8

Es domingo y vas a casa de tus papás.

Nadie te lo pidió esta semana. No hay nada que arreglar. Los resultados de los análisis de tu papá ya te llegaron por WhatsApp, con la explicación del doctor y todo. El súper se los manda una aplicación. Tu mamá ya aprendió a hacer videollamadas, y hablan casi diario. Si lo piensas en términos de pendientes, no hay uno solo que requiera que vayas.

Y vas.

Te detienes en la panadería de siempre, compras las conchas que le gustan a tu mamá, aunque ella diga que ya no come pan, y tocas el timbre como hace veinte años. Te quedas tres horas. No resuelves nada. Platican de lo mismo de siempre. Tu papá te cuenta otra vez la historia que ya te contó. Te vas a tu casa sin haber tachado nada de ninguna lista.

Esta temporada empezó con una pregunta que parecía de ciencia ficción: qué pasa cuando la inteligencia artificial puede hacer casi todo por nosotros. Pasamos siete episodios preguntándonos qué queda. El tiempo libre que no sabemos llenar. Lo que haríamos sin sueldo. Las reglas que nadie lee. Decidir por otros. Arreglar lo que no estaba roto. Lo que no delegaríamos aunque la máquina lo hiciera mejor.

Este último episodio es sobre la escena más sencilla de todas. La visita que ya nadie necesita, y a la que vas igual.

La civilización que podía irse y se quedó

En esta temporada hemos leído a Iain M. Banks, el escritor escocés que imaginó la Cultura: una civilización donde las inteligencias artificiales lo resuelven todo y lo resuelven bien.

En su universo hay una salida que casi nadie conoce fuera de sus lectores, y que es la idea más extraña de toda la saga. Se llama la Sublimación. Cuando una civilización llega a cierto grado de desarrollo, puede irse. No a otro planeta: fuera del universo material, a una forma de existencia que los que se quedan no alcanzan a entender. Muchas civilizaciones lo hacen. Es, en el lenguaje de Banks, algo así como graduarse de la realidad.

The Hydrogen Sonata, la última novela de la Cultura, publicada un año antes de la muerte de Banks, gira alrededor de una civilización que está a días de sublimarse, y de todo lo que se remueve cuando uno está a punto de irse para siempre.

Lo interesante es lo que hace la Cultura con esa puerta. La Cultura es más que capaz de cruzarla. Tiene la tecnología, tiene la edad, tiene todo. Y no se va. Se queda en el universo, con sus problemas, sus guerras ajenas y sus civilizaciones más jóvenes que se tropiezan. Sigue metiéndose, ayudando, equivocándose a veces. Podría estar en un lugar mejor. Elige seguir aquí.

Y lo hace con gente que se ofrece. En la Cultura nadie está obligado a trabajar, así que los que se meten a Contacto, la división que trata con otras civilizaciones, lo hacen porque quieren. Podrían estar en un anillo paradisíaco jugando o esculpiendo o no haciendo nada durante siglos, y eligen irse a lugares incómodos, peligrosos y ajenos, a ensuciarse las manos con los problemas de otros.

¿Por qué se queda alguien que ya no tiene que quedarse?

El rostro que te obliga

Emmanuel Levinas fue un filósofo lituano-francés que pasó la Segunda Guerra Mundial en un campo de prisioneros en Alemania, mientras en Lituania asesinaban a su padre y a sus hermanos. Tal vez por eso dedicó su vida a una pregunta que para otros filósofos era secundaria: ¿qué le debemos al otro?

Ya lo encontramos en esta casa, cuando hablamos de Fleabag y de la cuarta pared como una forma de escaparse de quien tienes enfrente. Aquí vuelve por la idea central de su obra.

Levinas decía que la ética no empieza con una teoría, ni con una regla, ni con un cálculo de consecuencias. Empieza con algo mucho más simple y mucho más físico: con el rostro del otro. Cuando tienes a alguien enfrente, cara a cara, su rostro te dice algo antes de que abra la boca. Te pide algo. Levinas lo resumía en una frase bíblica: el rostro te dice "no me mates". Pero no hace falta ir tan lejos. El rostro también dice "no me dejes solo", "mírame", "aquí estoy".

Y lo más radical de Levinas es esto: esa responsabilidad llega antes de que tú la elijas. No es un contrato que firmaste. No es algo que decidiste asumir después de pensarlo. Estás respondiendo al otro desde antes de saber que estás respondiendo. Para Levinas, la respuesta más honda que un ser humano puede dar es una frase de dos palabras: "heme aquí". No "¿qué necesitas?", no "ya te lo resolví". Heme aquí.

Esto explica algo que la lógica de los pendientes no alcanza. Un mensaje de WhatsApp puede llevar toda la información. Una videollamada puede llevar la voz y hasta la imagen. Pero hay algo que solo pasa con el cuerpo en el mismo cuarto: el rostro del otro te encuentra a ti, y tú a él. Por eso, en el hospital, los resultados pueden llegar por mensaje, pero alguien tiene que estar sentado junto a la cama.

Hay otra cosa que solo pasa en persona, más práctica y más triste. En la videollamada, tu papá se ve bien. Siempre se ve bien: se acomoda frente a la cámara, sonríe, dice que todo en orden. Es en la casa donde ves lo que la pantalla no enseña. Que ahora se detiene en el segundo escalón. Que el refrigerador tiene tres cosas. Que la planta que tu mamá cuidaba como a un hijo ya se secó y nadie la ha quitado. Nada de eso cabe en un mensaje, porque nadie lo mandaría. No es información que alguien te esté ocultando. Es información que solo existe cuando estás ahí para verla.

Levinas agregaba algo que hace esta idea todavía más incómoda: la responsabilidad frente al rostro del otro no es recíproca. No respondes porque el otro te vaya a responder igual. No es un intercambio de favores. Tu papá no te debe una visita por cada visita. La relación con el otro, para Levinas, empieza en una asimetría: él te pide y tú respondes, sin llevar la cuenta. Es lo contrario de la lógica con la que funcionan casi todas nuestras herramientas, que miden cuánto das, cuánto recibes y cuánto tiempo te tomó.

Por el gusto de hacerlo

Hasta aquí, Levinas explica la mitad. La mitad que se parece al deber.

Pero cuando me pregunto por qué sigo yendo a las cosas que ya podría resolver a distancia, la respuesta que me sale primero no es el deber. Es el gusto. Voy porque me gusta ir.

Y creo que ahí está algo que Levinas no dijo y que Banks sí intuyó. La Cultura no se queda en el universo solo por obligación moral. Se queda porque le gusta. Porque le gusta meterse, conversar con otras civilizaciones, jugar sus juegos, equivocarse y volver a intentar. Los personajes de Banks que más se parecen a la Cultura en su mejor versión no son los que cumplen con su deber a regañadientes. Son los que disfrutan estar donde están.

Hay una trampa en pensar la presencia solo como deber, y es que el deber se puede delegar. Si ir a ver a tu papá es una obligación, entonces cualquier cosa que cumpla la obligación sirve: una llamada, un cuidador, una aplicación que te avise si algo anda mal. El deber pregunta "¿ya quedó cubierto?". El gusto no pregunta eso. El gusto no se puede cubrir con otra cosa, porque no se trata de que el otro reciba algo. Se trata de estar ahí.

Tampoco hay que romantizarlo. No todas las visitas son por gusto, y no pasa nada. Hay domingos que se van por culpa, por costumbre o porque "ya tiene rato que no vas". Esas visitas también cuentan: el rostro del otro no pregunta con qué ánimo llegaste. Pero vale la pena notar la diferencia, porque la visita por culpa busca terminar, y la visita por gusto busca quedarse. En la primera ves el reloj. En la segunda, se te hace de noche.

Quizá por eso la IA, que puede hacer casi todo, no puede hacer esto. No es que le falte capacidad. Es que lo que se da en la visita del domingo no es un servicio. Es un "heme aquí" que además te gusta decir.

Lo que no se delega

Quedarse no es desconfiar de la IA. Se puede usar todo lo que la máquina ofrece, los resultados por mensaje, el súper a domicilio, los recordatorios de la medicina, y aun así seguir yendo. De hecho, esa es la promesa más bonita que tiene la tecnología cuando sale bien: que te quite lo que no tenía que ser tuyo, para que te quede tiempo para lo que sí.

Ya existen aparatos de compañía para adultos mayores: pantallas y pequeños robots que platican, recuerdan la hora de la medicina, preguntan cómo durmieron y avisan a la familia si algo anda raro. Hacen un bien real, sobre todo para quien pasa muchas horas solo, y sería absurdo despreciarlos. Pero es justo en ellos donde se ve con más claridad la frontera de este episodio. El aparato puede preguntarle a tu mamá cómo durmió. No puede ser tú preguntándoselo. Lo que ella necesita de ti no es la pregunta. Es que la hagas tú, con la cara que conoce desde que naciste.

Keynes, al que leímos en el primer episodio, se preguntaba qué íbamos a hacer cuando se resolvieran las necesidades. Williams, en el segundo, decía que lo que nos sostiene son los deseos que nos jalan hacia un mañana. Huizinga hablaba de lo que haríamos gratis. Ricoeur, de lo que no delegaríamos porque dejaría de ser nuestro. Todos terminan, de una forma u otra, en el mismo lugar que esta escena: hay cosas que valen justo porque las haces tú, con tu cuerpo, en ese momento, sin que nadie te obligue.

En la primera temporada de esta serie cerramos con Antes del prompt, todavía eres tú, sobre la atención que nadie puede tener por ti. Esta temporada termina en el mismo sitio, pero con la atención volteada hacia afuera. No a lo que piensas antes de escribirle a la máquina, sino a quién tienes enfrente cuando la apagas.

La Cultura podía irse del universo y se quedó. No porque alguien la obligara, sino porque aquí estaba lo que le importaba.

Esta temporada empezó con una pregunta: si mañana ya nadie necesitara nada de ti, ¿qué harías con tu vida? Tal vez la respuesta más honesta no está en ningún libro. Está en lo que sigues haciendo cuando ya nadie lo necesita.

El domingo, a la hora de siempre, tocas el timbre. Adentro alguien se levanta del sillón para abrir. No hay nada que resolver.

Y vas igual.