En tus fotos nunca hay un mal día

En tus fotos nunca hay un mal día

Abre el álbum del teléfono y ponte a subir con el pulgar.

Playa. Pastel con velas. El perro. Un plato que se veía bien. La misma puesta de sol cuarenta veces desde el mismo balcón, ligeramente distinta cada una, todas conservadas por si acaso. Una graduación. Otro plato.

Ahora busca un día específico. El día que lloraste en el coche, estacionado afuera de tu propia casa, antes de entrar a cenar y preguntar qué había de comer.

No está.

Y no está porque no lo borraste: nunca lo tomaste. En ningún momento de ese día se te ocurrió levantar el teléfono. Ni siquiera lo pensaste y lo descartaste. La idea no existió.

Un archivo que alguien editó

Tu álbum no es el registro de tu vida. Es una selección, hecha con un criterio que nunca escribiste y que aplicas con una precisión de aduana.

Lo raro no es que tengas mil fotos de vacaciones. Lo raro es lo perfectamente consistente que eres: cero de la sala de espera del hospital, cero de la mesa donde se decidió el divorcio, cero del cuarto de tu mamá los últimos meses. No hay ni una sola imagen de las horas que más te cambiaron.

Piénsalo en números. Si mañana alguien reconstruyera tu vida a partir de tu teléfono, saldría una persona que come bastante bien, viaja tres veces al año, tiene amigos que se ríen mucho y a la que no le ha pasado absolutamente nada.

Y no es tu álbum nada más. Es el de todos. Somos millones de personas archivando exactamente la misma vida.

El kitsch no es lo cursi

En 1984, en la sexta parte de una novela, Milan Kundera se detiene a explicar una palabra que usamos mal.

Kitsch. Casi todos creemos que significa lo cursi, lo de mal gusto, el enanito de jardín, el cuadro del payaso llorando. Kundera dice que eso es la superficie y que abajo hay algo mucho más serio.

Su definición parte de un hecho simple: en la existencia hay cosas que no queremos ver. El cuerpo hace cosas, las cosas se pudren, la gente se enferma, todo se acaba. Y como no podemos negarlas —ahí están—, hacemos algo más eficiente: acordamos comportarnos como si no estuvieran.

Ese acuerdo es el kitsch.

Kundera lo formula con la palabra más grosera que encuentra a la mano, y lo hace a propósito, porque cualquier versión elegante de la frase ya sería kitsch: el kitsch es la negación absoluta de la mierda.

No es una decoración. Es un biombo. Y no lo pusiste tú solo: lo pusimos entre todos, y funciona tan bien que ni siquiera lo vemos.

Las dos lágrimas

Aquí está el mecanismo, y es de lo más fino que escribió.

Kundera dice que ver a unos niños corriendo en el pasto produce dos lágrimas seguidas, y que no son la misma.

La primera dice: qué bonito, unos niños corriendo en el pasto.

La segunda dice: qué bonito es estar conmovido, junto con toda la humanidad, por unos niños corriendo en el pasto.

Y la segunda lágrima es la que hace el kitsch. La primera es una emoción. La segunda es una emoción de segundo grado: no te conmueve el niño, te conmueve verte conmovido, y sobre todo te conmueve estar conmovido con los demás.

Por eso el kitsch no es un gusto personal, es un pegamento social. Sirve para saber quién está adentro. En el momento en que llorar juntos por lo mismo es la prueba de que somos gente decente, el que no llora se vuelve sospechoso. No hace falta que nadie lo prohíba: basta con que la emoción sea obligatoria.

Ahí, dice Kundera, se fabrica cualquier ideología. Y ahí también se fabrica un grupo de WhatsApp, una campaña de marketing y la mitad de las conversaciones del domingo.

Lo puedes ver en cualquier festival escolar. Los niños salen a bailar y aparecen cuarenta teléfonos levantados a la vez, en la misma posición, grabando lo mismo. Después nadie ve ese video completo, ni una sola vez. No se grabó para verse: se grabó para participar. El papá que no levantó el teléfono está haciendo algo raro, y lo sabe, y a los treinta segundos lo levanta también.

Esa es la segunda lágrima con batería y almacenamiento en la nube.

No es una estética. Es un sistema operativo.

Este es el punto donde la palabra deja de ser un tema de arte.

El kitsch no está en las fotos: es el criterio que decide cuáles se toman. No está en las frases: es lo que hace que ciertas frases sean decibles y otras no. Es una regla de fondo, invisible, que administra qué parte de lo que pasa tiene permiso de existir en público.

Y no está solo en tu teléfono, que es la trampa fácil de este tema. Está en el trabajo, en tu casa y en los funerales. En cualquier lugar donde varias personas necesitan sostener juntas una versión soportable de las cosas.

"Todo bien"

Lunes, nueve de la mañana. Alguien pregunta cómo estás.

Dices que todo bien. La otra persona dice qué bueno. Los dos siguen caminando.

Ninguno mintió, exactamente. Lo que pasó es que los dos conocen las reglas: la pregunta no pedía información, y una respuesta verdadera —"llevo tres semanas durmiendo mal y ayer me peleé con mi hijo"— no habría sido honestidad, habría sido una infracción. Habrías roto algo. Se nota en la cara que pone la gente cuando alguien contesta de verdad.

Y como los dos lo saben, el intercambio funciona a la perfección durante años.

Hay además un vocabulario entero construido para sostener esto, y vale la pena mirarlo de frente.

Buena vibra. Qué frase. Suena a generosidad, a apertura, a gente que te quiere bien. Y en el uso diario significa lo contrario: no me traigas eso. Es un letrero de "no molestar" con flores dibujadas.

Igual con "no dejes que nadie te robe tu energía", que es una manera elegante de decir que los amigos con problemas cuestan caro. Igual con "todo pasa por algo", que se dice exactamente en el momento en que algo no tiene ninguna razón de ser y no hay nada que decir. Ninguna de esas frases es falsa. Todas hacen el mismo trabajo: cerrar el tema antes de que empiece.

El funeral

El lugar donde esto se ve con más claridad no es una red social. Es un velorio.

Todo el mundo dice las mismas seis frases. Está descansando. Ya no sufre. Fue mejor así. Estaba muy grande. Hay que ser fuertes. Ahí está para lo que necesites.

Y no está mal, ojo, porque nadie sabe qué decir y las frases sostienen la sala. Pero mira lo que pasa cuando alguien se sale del libreto. Cuando alguien dice, en voz alta, que fue horrible, que se murió mal, que le dio miedo, que la última conversación fue una discusión estúpida sobre un trámite.

Se hace un silencio. Alguien le pone la mano en el hombro. Y en treinta segundos la conversación regresa a la comida, al tráfico, a quién va a manejar de regreso.

No fue crueldad. Fue el biombo, funcionando exactamente como está diseñado. Alguien dijo algo cierto y el cuarto lo reparó.

El que no puede salir de la foto

Y aquí aparece la cuenta, porque alguien la paga.

Cuando a una persona se le muere alguien, o la dejan, o se enferma, pasa algo que no se nombra nunca: además de lo que le está pasando, le toca administrar la comodidad de los demás. Tiene que contestar bien. Tiene que agradecer los mensajes. Tiene que decir que ya está mejor antes de estarlo, porque a las tres semanas ya se siente el cansancio del otro lado del teléfono.

Se le pone un plazo que nadie enunció y que todo el mundo respeta. Un mes para lo grave, una semana para lo mediano, dos días para lo que se considera menor. Pasado el plazo, seguir mal deja de ser una desgracia y se vuelve una actitud.

Entonces la persona hace lo único que puede hacer: se guarda la mitad y sale en la foto. Y todos comentamos qué bien la está llevando.

Fíjate en lo eficiente que es el sistema. No hay nadie siendo cruel. Cada quien mandó su mensaje con cariño verdadero. Lo único que pasó fue que el biombo también estaba puesto ahí, y el que estaba del lado feo tuvo que ayudarnos a sostenerlo.

Por eso hay gente que después de una pérdida grande se aleja de sus amigos y no sabe explicar por qué. No fue un pleito. Fue el cansancio de estar actuando en su propio velorio.

La foto de la comida familiar

Hay una foto de una comida familiar tomada quince minutos después de que dos personas de esa mesa tuvieron una discusión seria en la cocina.

Salieron sonriendo los ocho. Nadie fingió: en esos dos segundos todos estaban sonriendo de verdad. Se pusieron, contaron tres, se rieron de algo, salió bien.

Y esa es la parte que hay que entender del kitsch, porque es lo que lo hace tan difícil de acusar: no necesita mentiras. La foto es cierta. Lo que hace no es inventar algo falso, es recortar. Y con el tiempo el recorte gana, porque es lo único que queda archivado: dentro de quince años, la única versión disponible de esa tarde va a ser esa foto, y los que estaban en la cocina también la van a creer.

Yo hice el ejercicio mientras escribía esto. Bajé por mi propio álbum hasta el fondo. De los tres o cuatro peores días de la última década no hay una sola imagen — ni un cuarto de hospital, ni una sala de espera, ni una mesa a las tres de la mañana. Y no fue censura, no hubo un momento en que decidiera no tomarlas. Sencillamente nunca se me ocurrió, que es una manera mucho más completa de que algo no exista.

El kitsch con logo de la empresa

En una organización esto tiene presupuesto y calendario.

Un trimestre malo no se llama trimestre malo. Se llama un año de aprendizajes. Los problemas se llaman retos, los despidos se llaman reestructura, y el que dice "esto no está funcionando" en una junta de resultados no está siendo honesto: está siendo negativo, que es la palabra con la que se saca a alguien de la conversación sin tener que responderle.

Y está la frase mayor, la que se dice en las juntas generales: aquí somos una familia. Nadie que la diga está mintiendo en ese momento; se siente bonito decirla y se siente bonito oírla, que es exactamente la segunda lágrima aplicada a una nómina. El problema aparece dos meses después, cuando hay que recortar y resulta que las familias no recortan, y entonces todos aprenden que la palabra significaba otra cosa desde el principio.

Después viene la encuesta de clima, donde todo el mundo pone cuatro de cinco. No porque tengan miedo, la mayoría de las veces: porque ya entendieron para qué sirve la encuesta.

Y ahí está el costo, que no es moral sino operativo: una empresa que no puede nombrar sus problemas tampoco puede arreglarlos. La información existe —está completa, la tiene todo el mundo, se conversa en el estacionamiento— pero no tiene por dónde entrar a la sala donde se decide. Llevo treinta años en operación y todavía no veo un problema que se haya resuelto después de que alguien lo llamara un reto.

Lo que no voy a decirte

No voy a decirte que fotografíes tus peores días. Sería un consejo tonto y nadie quiere ese álbum.

Y sobre todo no voy a decirte que hay que mostrarse vulnerable, porque esa frase ya se volvió el kitsch de nuestra década: la vulnerabilidad bien iluminada, contada en pasado, con final ordenado y aprendizaje incluido. Eso no rompe el biombo. Lo repinta.

La palabra sirve para una sola cosa, y no es para señalar a los demás.

Sirve para que la próxima vez que alguien te conteste que todo bien, tengas medio segundo de duda. Y para que la próxima vez que lo digas tú, sepas exactamente lo que acabas de hacer.

Yo lo dije esta mañana.