Los pollitos de colores

Los pollitos de colores

Hay imágenes que se instalan en la memoria colectiva sin pedir permiso. No son grandes símbolos culturales ni escenas épicas. Son escenas pequeñas, casi insignificantes, que se repiten tanto que terminan normalizándose. Durante años, en muchos mercados y ferias de México, los pollitos de colores fueron una de ellas. Pequeños, frágiles, pintados de tonos imposibles, acomodados en cajas de cartón. Llamaban la atención, despertaban ternura, se compraban sin pensar demasiado.

De niño nadie pregunta cuánto viven. De adulto entiendes que esa omisión decía más de nosotros que de ellos.

El color no era natural. El proceso tampoco. El tinte afectaba su salud, el estrés los debilitaba, el entorno terminaba de hacer su parte. No estaban diseñados para durar. Estaban diseñados para ser atractivos durante un instante.

Este texto no es una crítica moral. No busca señalar culpables. Tampoco es un texto sobre animales. Es una metáfora incómoda sobre las personas y los vínculos.

Con el tiempo empiezas a notar que la vida está llena de versiones humanas de esos pollitos de colores. Personas que llegan a tu historia con brillo inmediato. Que aparecen en momentos específicos, cuando tú también estás cambiando. Gente que no conoces desde la estabilidad, sino desde el movimiento. Desde la transición. Desde la búsqueda.

Algunas llegan cuando cambias de trabajo. Otras cuando atraviesas una crisis. Otras cuando empiezas algo nuevo y todavía no sabes bien quién eres en esa etapa.

No todas son malas personas. Ese es un punto importante. Muchas son sinceras. Muchas incluso bien intencionadas. El problema no es su presencia, sino la expectativa que ponemos sobre ellas.

Psicológicamente tendemos a proyectar. Vemos en el otro lo que necesitamos en ese momento. Completamos los huecos con ilusión. Confundimos afinidad temporal con compatibilidad profunda. Nos aferramos a quien llega justo cuando algo se mueve dentro de nosotros.

En psicología se habla de vínculos situacionales. Personas que no llegan por afinidad estructural, sino por sincronía emocional. Coinciden contigo porque estás en una etapa específica, no porque estén hechas para caminar contigo a largo plazo.

Como los pollitos de colores, no están mal. Simplemente no están hechos para durar.

En el trabajo esto se ve todo el tiempo. Personas que entran a un equipo con energía, ideas, discurso, carisma. Durante las primeras semanas parecen encajar perfecto. Traen movimiento, ruido, entusiasmo. Todo se siente vivo. Hasta que el día a día aparece. El proceso. La constancia. La repetición. La responsabilidad.

Ahí algunos se diluyen. No porque sean incompetentes, sino porque no están hechos para la rutina, para el sostén, para el trabajo invisible que no se aplaude. Funcionan mejor en el inicio que en la continuidad.

En la vida personal pasa algo parecido. Personas que te acompañan durante una etapa emocional intensa. Conversaciones largas, conexiones rápidas, promesas implícitas. Pero cuando el ritmo baja, cuando la intensidad se transforma en calma, algo se rompe. No saben habitar la estabilidad.

El error no es que se vayan. El error es exigirles que se queden.

Desde una mirada más madura, entiendes que no todos los vínculos tienen vocación de permanencia. Algunos existen para enseñarte algo puntual. Un límite. Un deseo. Una versión tuya que todavía no conocías. Cuando cumplen su función, se van.

La frustración aparece cuando intentas forzar lo que ya cumplió su ciclo. Cuando quieres que alguien que llegó para acompañar una etapa se convierta en alguien que sostenga una vida. Ahí nacen el desgaste, el resentimiento y la sensación de fracaso.

En liderazgo esto es especialmente delicado. No todas las personas están diseñadas para permanecer en un equipo. Algunas llegan para abrir camino, para cuestionar, para mover estructuras rígidas. Luego se van. Y está bien. El problema es medirlas con la vara equivocada.

El liderazgo maduro no retiene por miedo. Observa, acompaña y deja ir cuando es necesario. Entiende que los equipos sanos se construyen con personas que pueden sostener el proceso, no solo el arranque.

No todo lo que brilla es superficial, pero tampoco todo lo que brilla es profundo. El color atrae. La estructura sostiene. La intensidad conecta. La constancia construye.

Aceptar la naturaleza transitoria de algunos vínculos no te vuelve frío. Te vuelve honesto. Te permite agradecer sin aferrarte. Recordar sin idealizar. Aprender sin quedarte atrapado.

Hay personas que llegan para caminar un tramo contigo. No para llegar al destino. Cuando entiendes esto, dejas de vivir cada despedida como un abandono y empiezas a verla como lo que es. El cierre natural de un ciclo.

Los pollitos de colores seguirán apareciendo en tu vida. En el trabajo, en la amistad, en el amor. No es algo que puedas evitar. Lo que sí puedes hacer es aprender a reconocerlos. No para juzgarlos, no para rechazarlos, sino para no pedirles lo que no pueden dar y no ofrecerles un lugar que no les corresponde.

Con el tiempo, la verdadera madurez no está en rodearte solo de quienes se quedan, sino en entender por qué algunos se van y qué vinieron a mostrarte mientras estuvieron.

En tu vida, trabajo, relaciones hay pollitos de colores?

Como los reconoces?

o si alguna vez, sin darte cuenta, tú también fuiste uno en la historia de alguien más?