Lo subes y te quedas a ver quién lo vio
Lo subes y te quedas a ver quién lo vio
Escribiste algo largo. No un comentario: algo tuyo, con esfuerzo, de esos que relees tres veces antes de darle publicar.
Le diste publicar.
Bloqueaste el teléfono y lo pusiste boca abajo sobre la mesa, con esa dignidad de quien ya hizo lo suyo y ahora va a seguir con su vida.
A los diez segundos lo volteaste.
Cero. Bueno, un corazón. De tu prima.
Lo volviste a bloquear. Lo volviste a voltear a los cuarenta segundos. Como si el mundo hubiera cambiado en cuarenta segundos. Como si la gente estuviera esperando, con el dedo suspendido sobre la pantalla, a que pasaran exactamente cuarenta segundos.
Y así toda la tarde.
¿Cuántos terminaste?
¿Cuántas cosas de otras personas terminaste de leer esta semana?
No cuántas viste. Cuántas terminaste. De arriba a abajo, con el cuerpo, entendiendo lo que decían.
Yo hice el ejercicio antes de escribir esto y el resultado fue vergonzoso. Guardé cuatro artículos que no abrí. Le di corazón a un texto largo de un conocido después de leer el primer párrafo y medio. Vi tres videos hasta el segundo doce. Y en el mismo periodo publiqué, escribí y mandé a revisión más palabras de las que leí de cualquier otro ser humano.
No es que yo sea especialmente cínico. Es que estamos todos parados del mismo lado de la mesa, empujando, y nadie está del otro lado recibiendo.
Una palabra de 1979
En 1979, un escritor checo llamado Milan Kundera publicó un libro rarísimo: siete partes que no comparten trama, ni personajes, ni tiempo. Él lo llamaba una novela en forma de variaciones, que es una manera elegante de decir "no me pidan que esto tenga principio y final".
En una de esas partes se detiene a explicar una epidemia que estaba viendo a su alrededor. Y le pone nombre: grafomanía.
Ojo con la definición, porque no es la obvia.
Grafomanía no es escribir mucho. No es tu tía que manda audios de siete minutos. No es el que lleva un diario, ni el que le escribe cartas a su hermana, ni el que redacta las minutas de la junta con un entusiasmo que asusta. Escribirle a alguien que te conoce, dice Kundera, es comunicación normal: hay un tú específico del otro lado.
La grafomanía es otra cosa. Es la manía de escribir para desconocidos. De dirigirse a un público. De querer ser leído por gente que a ti, seamos honestos, no se te ocurriría leer.
Ahí está el filo. La grafomanía no es un exceso de ganas de escribir. Es una asimetría: quieres muchos lectores y no quieres ser lector de nadie.
Léela otra vez pensando en tu teléfono.
Las tres condiciones, y las tres se cumplen
Lo verdaderamente incómodo es que Kundera no lo dejó en el insulto. Puso las condiciones que, según él, tienen que darse para que la grafomanía deje de ser una rareza de individuos y se vuelva epidemia de sociedades.
La primera: un nivel de bienestar suficiente para que la gente tenga tiempo libre. Que exista un rato del día en el que no estés resolviendo la supervivencia.
La segunda: soledad. No estar solo en el sentido triste, sino el aislamiento normal del individuo moderno — vivir entre miles de personas a las que no les debes nada y que no te deben nada.
La tercera es la más rara: que en la vida interior del país no esté pasando nada demasiado grande. Que no haya una guerra, una revolución, un acontecimiento colectivo que te ponga en algo más grande que tú.
Tiempo libre. Aislamiento. Y ninguna causa afuera que te absorba.
La tercera condición merece una vuelta más, porque es la que parecía no cumplirse y aquí nos pusimos creativos. Si no hay un acontecimiento grande afuera que nos absorba, fabricamos uno cada mañana. La indignación del día. El escándalo de la semana. Un acontecimiento colectivo de mentiras que dura dieciocho horas, del que opinamos todos y en el que no estuvo ninguno. No cumple la condición de Kundera: la simula. Y opinar de eso también es escribir.
Kundera escribió eso mirando a la Europa de los setenta. Tú lo estás leyendo desde un país donde tres de cada cuatro personas traen en el bolsillo una imprenta gratuita, un canal de distribución mundial y un contador de visitas, todo en el mismo aparato que sirve para pedir tacos.
Él describió las condiciones. Nosotros construimos la máquina.
Lo que produce, y no es lo que crees
Aquí es donde el argumento deja de ser una queja de señor y se vuelve otra cosa.
La conclusión lógica sería que, con tanta gente escribiendo, ahora nos entendemos más. Más voces, más ángulos, más historias contadas por quienes antes no tenían micrófono. Eso también es cierto y no lo voy a barrer debajo del tapete: hay gente a la que hoy leemos y que hace treinta años no habría publicado nunca.
Pero Kundera vio la otra mitad, y la dijo sin anestesia: la multiplicación general de la grafomanía produce sordera.
No es que haya demasiada gente hablando. Es que ya no queda casi nadie del otro lado.
Y entonces pasa lo del bucle, que es la parte que a mí me quitó el sueño. Si nadie escucha, hay que hablar más fuerte. Si todos hablan más fuerte, escucha todavía menos gente. Y si escucha todavía menos gente, hay que hablar más fuerte otra vez.
Nadie diseñó eso. No hay un malo. Es lo que sale solo cuando millones de personas razonables toman, cada una por su lado, la misma decisión razonable: yo publico, que lean los demás.
Y no se arregla escribiendo mejor. Esa es la primera salida que buscamos todos: si lo mío fuera más útil, más honesto, más bien escrito, alguien lo leería. Puede ser que sí. Pero el problema no está en la calidad de lo que se emite, está en que cada uno de nosotros decidió ser el que emite. Un mercado con puros vendedores no se arregla con mejor mercancía.
Esto no empieza en el teléfono
Si crees que estoy hablando de redes sociales, todavía no llegamos.
Piensa en la última junta de trabajo en la que estuviste. Ocho personas. Siete de ellas no estaban escuchando al que hablaba: estaban afinando lo que iban a decir cuando les tocara. Se nota, además. Se nota en que el que habla en tercer lugar dice casi lo mismo que dijo el primero, con otras palabras, y nadie lo señala porque tampoco lo estaban oyendo a él.
Piensa en el grupo de WhatsApp de la familia. Tres conversaciones paralelas, ninguna de las cuales responde a la anterior. Alguien pone una noticia. Alguien pone un chiste. Alguien pregunta a qué hora es la comida del domingo. Y la pregunta se pierde, y hay que volver a preguntar, porque ese grupo no es una conversación: son once personas publicando en la misma pared.
Piensa en la comida familiar donde tú contaste tu semana, tu hermano contó la suya, tu mamá contó la suya, y al salir nadie podría decir tres cosas concretas de la semana de los otros.
Y hay un lugar donde llevo treinta años viendo esto sin ningún teléfono de por medio: la bitácora del turno.
En un hotel, el turno que se va le deja escrito al turno que llega lo que pasó. La 412 tiene una fuga. El huésped de la 308 viene de un vuelo perdido y hay que tratarlo con guantes. Son tres renglones y cuestan un minuto.
La escena que vi repetirse durante años es siempre la misma: la bitácora llenísima, y el turno que entra enterándose de todo por el camino caro, que es el huésped enojado parado en el lobby. Nadie estaba siendo flojo. Cada quien escribía su parte con una diligencia genuina, hasta con orgullo. Lo que no había era nadie del otro lado leyendo, porque el que llegaba también venía con prisa a escribir la suya.
Un equipo donde todos documentan y nadie lee no tiene un problema de comunicación. Tiene grafomanía con logo de la empresa.
El teléfono no inventó nada. Nada más quitó el último obstáculo que quedaba: antes, para hablarle a mil personas, tenías que convencer a alguien de que valía la pena imprimirte.
"Pero yo sí leo"
Ya sé. Yo también dije eso.
Vamos a revisarlo, porque la trampa está en el verbo.
Deslizar el pulgar no es leer. Es pasar. Leer implica que algo que no era tuyo entre y se quede, y que salgas del otro lado un poco distinto de como entraste. Si al terminar no puedes decir en voz alta qué te dijo esa persona, con tus palabras, no lo leíste: lo pasaste.
Guardar tampoco es leer. Guardar es un pagaré que firmas contigo mismo y que no piensas honrar. Tienes cuarenta artículos guardados. Guárdalos todos si quieres. El día que abras dos, hablamos.
Y el corazón, el "me gusta", el emoji de aplauso: eso ni siquiera pretende ser lectura. Es una firma de asistencia. Es decir "estuve aquí" sin haber estado.
Piénsalo como una cuenta con dos columnas. Escribir paga: te ordena la cabeza, te vuelve existente para alguien, y de vez en cuando alguien contesta. Leer cuesta: tiempo, atención, y la posibilidad francamente incómoda de que el otro tenga razón en algo. Cuando una operación paga y la otra cuesta, no hace falta que nadie sea egoísta para que el saldo se vaya entero de un solo lado. Basta con que todos hagamos la cuenta.
Lo digo sin ninguna autoridad moral, porque en mi caso es peor. Yo publico. Yo vivo, en parte, de que la gente lea lo que escribo. Y aun así, esta semana, le di corazón a un texto largo de alguien que sí se tomó el trabajo de escribirlo, después de leer párrafo y medio, y seguí adelante con mi día como si nada hubiera pasado. Le cobré la atención que yo mismo estoy pidiendo aquí abajo.
Kundera no te está pidiendo que te calles
Y esta es la parte que hay que decir con cuidado, porque el camino fácil sería terminar con un sermón sobre el ruido y la vida contemplativa, y ese texto ya lo escribieron cuatro mil personas este mes. En sus redes. Para que se los leyeras.
Kundera no dijo que escribir esté mal. Él escribió libros. Quería lectores. Se peleó toda su vida por cómo se traducían sus frases, que es lo más lejos que puedes estar de la indiferencia hacia el que te lee.
Lo que hizo fue más incómodo que una prohibición: te puso el mecanismo enfrente y te dejó ahí parado con él en la mano.
Porque una vez que sabes que la palabra existe, ya no puedes publicar de la misma manera. No porque vayas a dejar de hacerlo. Sino porque cada vez que subas algo y voltees el teléfono a los diez segundos, va a haber una vocecita nueva preguntando lo mismo: ¿y tú a quién leíste hoy?
Lo que sí cambia
No te voy a dar una rutina de cinco pasos. Pero hay una cosa concreta que aprendí de esto y que no me costó nada.
Terminar uno. Uno solo, al día, de principio a fin. De alguien que no me cae del todo bien, de preferencia, porque si es de alguien que ya me gusta lo que estoy haciendo es asentir, no leer.
Suena mínimo. Es una hora a la semana. Y sirve para lo único que importa aquí, que no es la mejora personal ni el consumo consciente ni ninguna de esas palabras: sirve para dejar de ser, un rato al día, uno más de los que empujan de este lado de la mesa.
Kundera vio esto en 1979, en un país sin internet, escribiendo a máquina, sin saber que existiría un aparato donde uno puede publicar para tres continentes mientras hace fila en el banco.
Vio a un montón de gente hablando a la vez y calculó exactamente adónde llevaba eso.
Tenía razón. Todos escribimos y nadie lee. Tú también.
Yo sobre todo.