Le hiciste el trámite a tu mamá. Nunca te lo pidió.
Le hiciste el trámite a tu mamá. Nunca te lo pidió.
Después del prompt · Temporada 2 · Episodio 5
Le cambiaste el plan del celular a tu mamá.
No fue un capricho. Revisaste sus recibos y estaba pagando casi el doble por algo que no usaba. Tenía gigas que nunca gastaba, un paquete de canales que no sabía que tenía y un seguro para un teléfono que ya ni existía. Lo resolviste en una tarde. Fuiste a la tienda con su credencial, hiciste el cambio a su nombre, y le dejaste el teléfono con el plan nuevo funcionando y todo explicado en un papelito pegado a la funda.
Ahorraba cuatrocientos pesos al mes. Tenías razón en todo.
Y no te habló en dos días.
Cuando por fin te contestó, no discutió los números. Los números estaban bien. Te dijo otra cosa, y lo dijo con una voz que no le conocías: "Hubiera estado bien que me preguntaras".
Te fuiste a tu casa con una sensación incómoda que no sabías cómo acomodar. Habías hecho algo bueno. Le habías ahorrado dinero. Te habías tomado la molestia. Y aun así, de alguna manera, habías hecho algo mal.
Esa sensación incómoda es una de las preguntas más viejas de la filosofía. Y la inteligencia artificial está a punto de hacérnosla todos los días, desde el otro lado.
Una civilización que sabe lo que te conviene
En esta temporada estamos leyendo a Iain M. Banks, el escritor escocés que imaginó la Cultura: una civilización donde las inteligencias artificiales, las Mentes, saben más que nadie y lo hacen todo bien.
La Cultura tiene un problema que se parece mucho al tuyo con tu mamá. Es tan avanzada, tan rica y tan sabia, que mira a las demás civilizaciones de la galaxia y ve con toda claridad qué les convendría. Menos guerras. Menos hambre. Menos tiranos. Y tiene los medios para empujarlas hacia allá. Para eso existe una división llamada Contacto y, dentro de ella, un brazo más discreto que se encarga del trabajo delicado, con un nombre que ya es un eufemismo: Circunstancias Especiales.
La Cultura casi nunca invade. Hace algo más sutil. Empuja. Apoya a un bando, quita de en medio a un líder, deja que cierta información llegue a cierta gente en el momento justo. Siempre por el bien de los otros. Y casi siempre tiene razón en lo que les conviene.
El uso de las armas, una de las novelas más duras de Banks, sigue a un hombre que no es de la Cultura y al que la Cultura contrata para hacer esos trabajos en mundos ajenos. No voy a contar más, porque el libro se sostiene en lo que no se sabe hasta el final. Pero su pregunta de fondo cabe en una línea, y es la misma que la de tu mamá: ¿tener razón sobre lo que le conviene a otro te da derecho a decidirlo por él?
Mill y el soberano de sí mismo
En 1859, un filósofo inglés llamado John Stuart Mill publicó un libro corto que todavía se lee como si lo hubieran escrito la semana pasada: Sobre la libertad. Ya lo usamos en esta casa para hablar de por qué no puedes ganarle todas las discusiones a quien piensa distinto, en Es que con él no se puede hablar. Aquí vuelve por otra puerta, la del primer capítulo.
Ahí Mill propone un principio que suena sencillo y resulta incomodísimo. Dice, más o menos, que la única razón legítima para obligar a alguien a hacer algo en contra de su voluntad es evitar que le haga daño a otros. Su propio bien, físico o moral, no es razón suficiente. Puedes aconsejarle, discutir con él, convencerlo, rogarle. Lo que no puedes es decidir por él. Y lo resume con una frase que vale la pena repetir despacio: sobre sí mismo, sobre su propio cuerpo y su propia mente, cada persona es soberana.
Soberana. No "tiene derecho a opinar". Soberana, como un país.
Mill no decía esto porque creyera que la gente siempre decide bien. Sabía perfectamente que no. Lo decía por dos razones. La primera es que cada quien conoce su vida mejor que nadie de afuera, aunque a veces no lo parezca. Tu mamá no sabía cuántos gigas usaba, es cierto. Pero sabía cosas que tú no: que ese plan lo contrató con tu papá, que la señorita de la tienda la conoce por su nombre, que le gusta sentir que todavía maneja sus cosas. La segunda razón es más profunda. Para Mill, decidir es lo que nos hace personas. Alguien a quien le resuelven todo, aunque se lo resuelvan bien, se va encogiendo.
Mill tiene un ejemplo buenísimo. Si ves a alguien a punto de cruzar un puente que sabes que está roto, y no hay tiempo de avisarle, puedes jalarlo. No le estás quitando su libertad: nadie quiere caerse al río. Pero si hay tiempo de avisarle, le avisas. Le dices que el puente está roto. Y si aun así quiere cruzarlo, porque tiene sus razones, esa decisión es suya.
El plan de celular de tu mamá no era un puente roto. Había tiempo de avisarle.
Ahora, seamos honestos, porque no todo es un plan de celular. Con los papás que envejecen llega un momento en que la pregunta de Mill deja de ser teórica. El papá que ya no debería manejar de noche. La mamá a la que le llaman para pedirle sus datos bancarios y los da. La medicina que a veces se toma dos veces y a veces ninguna. Ahí el puente sí se está cayendo, y a veces no hay tiempo de avisar, o avisas y no sirve.
Mill no da una fórmula para esos casos, y sería mentira decir que la hay. Pero su ejemplo del puente sí da un orden: primero avisar, después insistir, después convencer, y solo al final, cuando de verdad ya no hay otra, jalar. El error más común no es jalar cuando hacía falta. Es jalar desde el principio, porque avisar cuesta más. Porque convencer a tu mamá de cambiar de plan toma tres conversaciones y un berrinche, y cambiárselo tú toma una tarde.
Y ahí está la trampa, que es la misma que la de la IA. Decidir por otro casi siempre es más eficiente. Por eso es tan tentador. Mill no defendía la libertad porque fuera eficiente. La defendía aunque no lo fuera.
Mill también defendía algo que llamaba experimentos de vida: la idea de que una sociedad sana necesita gente que viva de formas distintas, incluso raras, incluso equivocadas, porque de ahí se aprende. Tu mamá con su plan caro y su señorita de la tienda es, a su manera, un pequeño experimento de vida. No el más rentable. El suyo.
El detalle que Mill no vio en sí mismo
Hay algo de Mill que no se cuenta mucho y que lo vuelve todavía más interesante para esta temporada.
Ese mismo principio de libertad, tan claro, tenía excepciones. Mill decía que no aplicaba a los niños, lo cual tiene sentido. Pero también decía que no aplicaba a los pueblos que él consideraba "atrasados", para los cuales un gobierno despótico podía ser legítimo si era por su bien. Y no lo decía en abstracto: Mill trabajó más de treinta años en la Compañía de las Indias Orientales, la empresa que administraba el dominio británico sobre la India.
Es decir: el gran defensor de que nadie decida por otro creía que había gente por la que sí se podía decidir. Gente que todavía no estaba lista. Por su bien.
Si eso te suena, es porque es exactamente lo que hace la Cultura de Banks. Y es exactamente lo que hacemos nosotros con quienes creemos que "todavía no están listos" para decidir: los papás que se hacen mayores, el compañero nuevo, la pareja que "no sabe de estas cosas". El problema nunca es que no creamos en la libertad. Es que siempre encontramos a alguien a quien no le aplica.
El algoritmo ya no te pregunta
Ahora voltea la escena.
Abres una aplicación de música y ya tienes una lista armada "para ti". Abres el correo y la IA ya te redactó la respuesta. Abres el mapa y ya decidió por dónde te vas. Abres una plataforma de videos y el siguiente empieza solo, antes de que decidas si querías otro. Cada una de esas cosas es un pequeño trámite que alguien te hizo sin preguntarte. Y casi todas tienen razón: la canción sí te gusta, la ruta sí es más rápida, la respuesta sí está bien escrita.
Igual que tú con tu mamá.
La diferencia es que tu mamá se dio cuenta y se enojó. Nosotros casi nunca nos damos cuenta. El algoritmo no te cambia el plan de un golpe: te lo cambia de a poquito, con tanta razón y tan buen servicio que no hay un momento en que te sientas ofendido. Y aquí está lo que Mill habría visto con preocupación: no es que la máquina decida mal. Es que, a fuerza de decidir bien por ti, te va quitando la práctica de decidir.
Cuidar a alguien y decidir por él pueden ser el mismo gesto. Los separa una sola pregunta: ¿le preguntaste? Y la IA que te recomienda todo ya dejó de hacértela a ti.
No se trata de rechazar las recomendaciones. Muchas son un regalo. Se trata de notar cuándo una recomendación dejó de ser un consejo, de esos que puedes ignorar, y se volvió un camino por el que ya vas caminando sin haberlo elegido.
Hubiera estado bien que me preguntaras
La Cultura de Banks tiene todo el poder y toda la inteligencia para decidir por los demás, y casi siempre tiene razón. Lo que las novelas muestran, una y otra vez, es que tener razón no la salva de la pregunta. Al contrario: entre más razón tiene, más fácil le resulta saltársela.
Con tu mamá pasa lo mismo. Y en Es que no me dejan vivir contamos esta misma escena desde el otro lado, desde el hijo al que sus papás protegían de más. Da vértigo darse cuenta de que, con los años, la escena se voltea, y el que ahora protege de más eres tú.
La próxima vez que tengas razón sobre lo que le conviene a alguien, y seguramente la tendrás, hay una prueba muy sencilla antes de hacerle el trámite. Pregúntate si hay tiempo de avisarle. Casi siempre lo hay. El puente casi nunca se está cayendo en ese momento.
Tu mamá no estaba enojada por los cuatrocientos pesos. Estaba enojada porque, por primera vez, alguien había decidido que ella ya no era soberana de sus cosas. Y ese alguien eras tú, con toda la razón del mundo.
¿Qué te decidió el algoritmo hoy, y cuándo fue la última vez que te preguntó?