La IA te ahorró diez horas a la semana. ¿Y ahora qué haces con ellas?
La IA te ahorró diez horas a la semana. ¿Y ahora qué haces con ellas?
Después del prompt · Temporada 2 · Episodio 2
Son las cinco de la tarde de un domingo y acabas de terminar algo que te iba a tomar hasta la noche.
Era el correo largo para la escuela de tus hijos, la comparación de tres planes de internet, la presentación del martes. Le pediste ayuda a la IA y en veinte minutos estaba listo. No a medias: listo. Tienes, de pronto, tres horas que no estaban en ningún plan.
Y no las sientes. Esa es la parte interesante. No hay un momento en que te recargues en el sillón y pienses "qué bien, tres horas". Lo que pasa es otra cosa. Cierras la laptop, agarras el teléfono "nomás para ver", y cuando levantas la vista ya oscureció. O abres el pendiente del lunes, porque ya que estás. O te acuerdas de un correo que no urgía y lo contestas, porque ya que estás.
Las tres horas se evaporaron antes de ser tuyas.
La IA te las regaló limpias, sin condiciones. Y tú, sin decidirlo, se las devolviste al primero que pasó.
Si esto te pasa con tres horas, vale la pena preguntarse qué va a pasar con diez a la semana. O con veinte. Porque esa es exactamente la cuenta que están haciendo las empresas, los gobiernos y los que venden estas herramientas: cuántas horas nos van a ahorrar. Casi nadie está haciendo la otra cuenta. La de qué vamos a hacer con ellas.
Y la historia no da mucho optimismo. Cuando llegaron la lavadora, la aspiradora y el refrigerador, la promesa era la misma: horas libres para las amas de casa. Una historiadora estadounidense, Ruth Schwartz Cowan, revisó qué pasó de verdad y lo contó en un libro con un título que lo dice todo: Más trabajo para mamá. Las máquinas ahorraron esfuerzo, pero el tiempo dedicado a la casa casi no bajó. Subieron los estándares: la ropa se lavaba más seguido, la casa tenía que estar más limpia, y el tiempo que la lavadora liberaba se lo comía la siguiente exigencia. Además, las máquinas le pasaron a la mujer de la casa trabajos que antes hacían otros: los hijos, los sirvientes, la lavandería de la esquina. Las horas no desaparecieron. Cambiaron de dueño sin que nadie lo decidiera.
El hombre al que no le faltaba nada
En esta temporada estamos leyendo a Iain M. Banks, el escritor escocés que imaginó la Cultura: una civilización donde las inteligencias artificiales hacen todo el trabajo necesario, y lo hacen bien. Los humanos de la Cultura viven entre 350 y 400 años, no se enferman y no tienen que trabajar. Tienen, en otras palabras, la versión infinita de tu domingo a las cinco de la tarde.
El protagonista de El jugador se llama Gurgeh. Es el mejor jugador de juegos de toda la Cultura, y al principio de la novela está aburrido de una manera que cuesta explicar. No le falta nada. Tiene fama, tiene casa, tiene tiempo, tiene siglos por delante. Gana casi todo lo que juega. Y cada partida le sabe un poco menos que la anterior.
Banks no lo pinta como un hombre deprimido. Lo pinta como alguien a quien la abundancia le fue quitando el filo a las cosas. Cuando nada cuesta, nada pesa. Cuando tienes todo el tiempo del mundo, ningún momento en particular importa demasiado.
Por eso, cuando le ofrecen viajar a un imperio lejano donde un juego decide quién gobierna, donde perder significa algo de verdad, a Gurgeh se le despierta algo que llevaba años dormido. No es el juego. Es el riesgo. Es la posibilidad de que algo le cueste.
Y aquí es donde Banks se encuentra, sin saberlo, con un filósofo inglés que había pensado lo mismo quince años antes.
Una mujer de 342 años que ya no quería más
En 1973, Bernard Williams, uno de los filósofos morales más importantes del siglo XX, escribió un ensayo con un título raro: "El caso Makropulos". Lo sacó de una obra de teatro checa, luego convertida en ópera, sobre una mujer llamada Elina Makropulos. De joven, su padre le dio un elixir que la mantiene viva. Cuando la obra empieza, tiene 342 años y está harta. Tiene la oportunidad de tomar otra dosis y seguir viviendo. Decide no hacerlo.
Williams usó ese personaje para hacer una pregunta que parece absurda: ¿vivir para siempre sería bueno?
Su respuesta fue que no, y el argumento es precioso. Williams distinguía dos tipos de deseos. Unos son los deseos condicionales: quiero comer si voy a estar vivo, quiero dormir si estoy cansado. Dependen de que sigas vivo, pero no te dan ninguna razón para seguir vivo. Los otros son lo que él llamaba deseos categóricos: los proyectos, los amores, las cosas que te importan tanto que son la razón por la que quieres que haya un mañana. Terminar ese libro. Ver crecer a tus hijos. Aprender a tocar algo bien.
Lo que Williams vio es que, si el carácter de alguien no cambia, llega un momento en que todo lo que podía pasarle y tener sentido para él ya le pasó. No de golpe: poco a poco. Con suficiente tiempo, ya hiciste todo lo que ese carácter tuyo podía querer hacer. Ya lo probaste, ya lo lograste o ya te cansaste de intentarlo. Y lo que queda es una vida que sigue, sin nada que la jale hacia adelante. Eso es lo que le pasaba a Elina Makropulos a los 342 años. No sufría. Se aburría de una forma tan profunda que prefería terminar.
Williams pensaba en la inmortalidad. Pero su argumento sirve para algo mucho más cercano: la abundancia. No hace falta vivir 342 años para que se te gasten los deseos. Basta con que te sobre tiempo y no tengas nada que de verdad quieras hacer con él. Lo que te sostiene no es el tiempo. Es lo que quieres hacer con el tiempo.
Y eso nos regresa a tu domingo. Las tres horas no se evaporaron porque seas desordenado. Se evaporaron porque no había un deseo esperándolas. Había un hueco, y los huecos se llenan con lo que esté más cerca.
Te liberaste y te pusiste a trabajar
Hay un segundo pensador que explica la otra mitad del problema, y es el filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han.
En un libro corto de 2010, La sociedad del cansancio, Han describió algo que todos reconocemos aunque nunca lo hubiéramos nombrado. Antes el trabajo te lo imponía alguien: el patrón, el capataz, el horario. Hoy nadie tiene que obligarte. Te obligas tú. Eres tu propio jefe, y el peor jefe que has tenido, porque no te da vacaciones ni te deja ir a tu casa. Para Han, el cansancio de esta época no viene de que nos exploten. Viene de que nos explotamos solos y lo llamamos libertad.
Eso explica el "ya que estás". Cuando la IA te libera tres horas, no hay nadie que te mande a llenarlas. No hace falta. Llevas años entrenado para sentir que un tiempo vacío es un tiempo desperdiciado. Así que el tiempo que la máquina te ahorró de trabajo, tú mismo lo conviertes en más trabajo, o en su versión de fin de semana: el teléfono, que se siente como descanso y cansa igual.
Han tiene una observación que duele un poco. Dice que hacer muchas cosas a la vez, eso que presumimos como una habilidad moderna, no es un avance. Es un retroceso. Los animales salvajes viven así: comiendo mientras vigilan, atentos a todo y concentrados en nada, porque si se distraen se los comen. Lo que nos hizo distintos, lo que produjo la filosofía, el arte y la música, fue justo lo contrario: la atención profunda, esa que solo aparece cuando no estás esperando la siguiente notificación. El domingo con el teléfono en la mano no es descanso. Es la vida de un venado en el bosque, pero en el sillón.
Juntos, Williams y Han dicen algo incómodo. El problema de la IA no va a ser que nos quite el tiempo. Va a ser que nos lo dé, y que no tengamos ni el deseo que lo llene ni la disciplina para dejarlo vacío.
Escuela quería decir tiempo libre
Hay un dato que parece de trivia y es otra cosa. La palabra "escuela" viene del griego scholé, que no significaba estudiar. Significaba ocio. Tiempo libre. El tiempo que te quedaba cuando ya no tenías que trabajar para sobrevivir.
Para los griegos, ese tiempo no era el sobrante de la vida. Era el centro. Aristóteles lo dijo de una forma que hoy suena al revés: trabajamos para tener ocio, igual que hacemos la guerra para tener paz. El trabajo era el medio; el tiempo libre, el fin. Y ese tiempo libre no era para no hacer nada, ni para llenarlo con lo que fuera. Era para lo más importante: pensar, conversar, aprender, cuidar a los amigos, participar en la vida de la ciudad. Por eso el lugar donde se hacía todo eso terminó llamándose escuela.
Hemos invertido la fórmula casi por completo. Hoy descansamos para poder trabajar. El fin de semana existe para recargar la batería del lunes. Y cuando una máquina nos regala horas, nuestro primer instinto es devolvérselas al trabajo, porque ya no sabemos para qué más podría servir el tiempo.
Lo que Banks imaginó, en el fondo, es una civilización entera viviendo en la scholé. Sin trabajo obligatorio, todo el tiempo es tiempo libre. Y descubrió lo mismo que Williams: que eso no resuelve nada por sí solo. Una scholé sin nada que valga la pena hacer se parece mucho al aburrimiento de Gurgeh.
Tiempo sin dueño
El tiempo que te ahorra la IA no es tiempo libre. Es tiempo sin dueño. Y el tiempo sin dueño no se queda sin dueño mucho rato: si no le das uno, se lo queda el teléfono, la bandeja de entrada o el pendiente del lunes.
No hay aquí una receta, y sería raro que la hubiera. Pero sí hay dos formas de darle dueño a ese tiempo, y las dos son legítimas.
Una es la de Gurgeh: encontrar algo que te cueste. Un deseo categórico, en el lenguaje de Williams. Algo que quieras tanto que el domingo a las cinco ya tenga destino antes de que la IA te lo libere. No tiene que ser grande. Tiene que ser tuyo.
La otra es más difícil de lo que parece: dejarlo vacío a propósito. No como falla, sino como decisión. Desconectarse. Sentarse sin hacer nada y aguantar el silencio del refrigerador apagado sin salir corriendo a prender otra cosa. Han diría que eso es casi un acto de resistencia en una época que te cobra cada minuto quieto.
Yo conozco las dos cosas. Hay domingos que se me llenan solos, con lo primero que encuentro. Y hay otros que dejo vacíos porque me gusta desconectarme. La diferencia nunca fue cuánto tiempo tenía. Fue si lo decidí yo.
Lo que no funciona es la tercera opción, que es la que elegimos casi siempre sin darnos cuenta: ni un deseo ni un vacío, sino el "ya que estás". Esa es la que convierte la mejor herramienta de productividad de la historia en una máquina de producir más pendientes.
En El jugador, Gurgeh acepta la invitación y se va lejos, a un lugar donde las cosas pesan. No todos necesitamos irnos tan lejos. A veces basta con que el domingo a las cinco, cuando terminas antes de tiempo, te quedes un minuto con las tres horas en la mano antes de soltarlas.
Y te preguntes de quién son.