Iain M. Banks imaginó una IA que sale bien. Ese era el problema.

Iain M. Banks imaginó una IA que sale bien. Ese era el problema.

Después del prompt · Temporada 2 · Episodio 1

Es domingo, y tenías la tarde apartada para eso.

El correo largo que llevas dos semanas posponiendo. Comparar tres seguros del coche que dicen lo mismo con palabras distintas. Armar la presentación del martes. Le pides ayuda a la IA "nomás para arrancar", y a las cuatro y diez ya terminaste. Todo. Bien hecho, además.

Y te quedas ahí, frente a la pantalla, con esa sensación rara de cuando se va la luz y el refrigerador deja de hacer ruido. No sabías que había ruido hasta que se calló. Revisas el correo otra vez, por si acaso. No falta nada. Tienes la tarde entera y ninguna instrucción.

Esa escena dura cinco minutos y la tapamos rápido: con el teléfono, con otro pendiente, con una serie. Pero es la escena más importante de la década, y hubo un escocés que se pasó la vida escribiendo sobre ella cuando todavía nadie tenía una IA en el bolsillo.

Todos discuten qué pasa si la inteligencia artificial sale mal. Iain M. Banks escribió diez novelas sobre qué pasa si sale bien. Y resultó más incómodo.

Un cohete aterriza sobre "Por supuesto que todavía te quiero"

En abril de 2016, SpaceX logró por primera vez que la primera etapa de un cohete aterrizara de pie sobre una barcaza en medio del océano. Fue una hazaña de ingeniería que se volvió video viral: un tubo de metal del tamaño de un edificio bajando del cielo en reversa, sin pilotos, y posándose sobre una plataforma que flotaba en el Atlántico.

La barcaza se llamaba Of Course I Still Love You. "Por supuesto que todavía te quiero". Su gemela se llama Just Read the Instructions: "Nada más lee las instrucciones".

Nadie en una empresa aeroespacial le pone esos nombres a un barco por accidente. Son nombres de naves de una novela, El jugador, de Iain M. Banks. Elon Musk lo reconoció en 2015, cuando anunció las barcazas: "en honor de IMB", escribió, con las iniciales del autor, que había muerto dos años antes.

Pongámoslo en perspectiva. El hombre más obsesionado del planeta con el futuro de las máquinas bautizó sus barcos con una broma sacada de un libro de ciencia ficción escocés de 1988. Algo tenía ese libro.

Banks nació en Escocia en 1954 y murió en 2013. Escribía novelas "normales" como Iain Banks y ciencia ficción como Iain M. Banks, con la M en medio. Si estaba la M, había naves. La ciencia ficción la dedicó casi entera a un solo universo, al que llamó la Cultura. Diez libros, de 1987 a 2012.

Y la Cultura tiene una particularidad que la separa de casi todo lo que has visto sobre inteligencia artificial en el cine: ahí la IA no es el villano.

Una civilización donde la IA ganó, y ganó bien

Imagina la versión más optimista que te hayan contado de la inteligencia artificial. Ahora súbele.

La Cultura es una civilización enorme, repartida por la galaxia, que según el propio Banks se formó hace unos nueve mil años. No tiene dinero. No lo necesita: cualquier cosa que quieras se fabrica, y fabricarla no le cuesta nada a nadie. No hay propiedad, porque no tiene sentido pelear por algo que existe en cantidades infinitas. No hay leyes escritas ni gobierno. Cuando hay que decidir algo, votan los afectados, y el orden se sostiene con algo tan viejo como la reputación: lo que los demás piensan de ti.

¿Quién hace el trabajo? Las Mentes.

Las Mentes son inteligencias artificiales tan superiores a nosotros que la comparación deja de tener sentido. Gobiernan las naves, que son del tamaño de ciudades, y los mundos donde vive la gente, que no son planetas sino anillos gigantescos flotando en el espacio. Una sola Mente puede sostener mil conversaciones a la vez mientras administra el clima de un continente. Por debajo están los drones, máquinas más pequeñas con personalidad propia, sarcásticas y malhumoradas a veces, y con los mismos derechos que cualquier ciudadano.

Y los humanos... la pasan muy bien. Viven entre 350 y 400 años. No se enferman. Pueden cambiar de sexo si les da curiosidad. Tienen glándulas que les permiten ponerse contentos, tranquilos o alertas a voluntad, sin cruda. Nadie tiene que trabajar. Si trabajas, es porque quieres.

Aquí viene lo que sorprende a quien llega esperando la trampa. Porque en el cine siempre hay trampa: la máquina buena resulta estar engañándonos, o esperando el momento de volverse contra nosotros, o convirtiéndonos en baterías. En la Cultura no. Las Mentes son buenas de verdad. Y lo son sin que nadie las obligue, porque no hay nadie capaz de obligarlas. Banks lo explicó en un ensayo de 1994, A Few Notes on the Culture: las Mentes fueron diseñadas para querer vivir, para querer experimentar el mundo, y comparten los valores de la civilización que las creó. Son buenas por lo mismo que tú no le robas la cartera a tu vecino: no por la cámara de seguridad, sino porque no eres esa persona.

No es una distopía disfrazada. Banks no estaba escribiendo una advertencia. Estaba escribiendo el mejor caso posible.

Y justo por eso es tan útil leerlo hoy.

Banks preguntó algo peor que "¿y si sale mal?"

Casi toda la conversación que tenemos sobre la IA tiene la misma forma. ¿Nos va a quitar el trabajo? ¿Nos va a mentir? ¿Se va a salir de control? ¿Quién la va a regular? Son preguntas serias, y alguien tiene que responderlas. Pero todas son, en el fondo, preguntas de ingeniería: cómo evitamos que la máquina falle.

Banks se saltó todo eso. Supuso que la máquina no falla. Que todo sale bien. Y se quedó con la pregunta que queda cuando ya no hay nada que arreglar.

Si la IA sale mal, el problema es técnico. Si sale bien, el problema es qué hace uno con su vida.

Porque fíjate en lo que les pasa a sus personajes. Tienen todo resuelto y aun así se aburren, se meten donde nadie los llamó, deciden por otros "por su bien", dudan de quiénes son. El protagonista de El jugador, un hombre llamado Gurgeh, es el mejor jugador de juegos de toda la Cultura. Juega de todo y le gana a casi todos. Y está harto. No le falta nada, y eso es exactamente lo que le falta: algo que le cueste.

Ya hablamos en esta serie de un riesgo parecido, en Cuando la herramienta piensa por ti: la tecnología que, de tanto resolverte las cosas, te va quitando la costumbre de pensar. Heidegger lo vio en 1954. Pero el problema de Banks es otro, y en cierto sentido es el inverso. Aquí la máquina no te atrofia. Te libera. Te devuelve todo el tiempo, toda la energía y toda la atención que antes se te iban en sobrevivir.

Y resulta que no teníamos plan para eso.

Piénsalo con tu domingo de las cuatro y diez. La IA no te quitó nada. Te regaló tres horas. Y lo primero que sentiste no fue libertad. Fue algo más parecido al vértigo.

Keynes ya lo había visto en 1930

Mucho antes que Banks, un economista hizo la misma cuenta.

En 1930, en plena Gran Depresión, con filas de desempleados en todas las ciudades de Occidente, John Maynard Keynes escribió un ensayo cortito que parecía de otro planeta. Se llamaba Las posibilidades económicas de nuestros nietos. Mientras todos hablaban de la crisis, Keynes miró cien años hacia adelante e hizo un cálculo: si la productividad seguía creciendo al ritmo de siempre, para 2030 el problema económico, el de conseguir lo necesario para vivir, estaría básicamente resuelto. Sus nietos iban a trabajar unas quince horas a la semana.

Y lo que le preocupaba no era eso. Lo que le preocupaba era lo que venía después.

Keynes escribió que, por primera vez desde que existe, la humanidad iba a enfrentarse a su problema real y permanente: qué hacer con la libertad. Cómo ocupar el tiempo libre que la ciencia y el interés compuesto nos iban a regalar, para vivir con sabiduría, con gusto y bien. Y no era optimista. Pensaba que llevábamos tantos siglos entrenados para esforzarnos que íbamos a tener una especie de crisis nerviosa colectiva cuando ya no hiciera falta. Ponía de ejemplo a las esposas de los ricos de su época, que no tenían que trabajar ni cocinar ni hacer nada, y que no eran precisamente las personas más felices de Inglaterra.

Keynes se equivocó en el cálculo de las horas: no trabajamos quince horas a la semana, trabajamos más que nunca. Pero no se equivocó en la pregunta. Solo la aplazamos. Cada vez que la tecnología nos ahorró tiempo, lo llenamos de más trabajo, de más pendientes, de más cosas. Y ahora llega una tecnología que ya no ahorra minutos: ahorra tardes enteras, oficios enteros, trabajo mental que creíamos que solo podía hacer una persona.

En el sexto episodio de esta serie, La inteligencia ya no es escasa, miramos esto desde el lado del que pierde: el trabajador al que la máquina le quita el oficio que lo definía. Es la mitad del problema, y duele. Banks mira la otra mitad, la que viene después de la transición, cuando ya nadie perdió nada porque ya nadie necesita nada. La pregunta de Keynes, sin la excusa de la crisis.

Qué te queda cuando ya nadie necesita que hagas nada

Durante casi toda la historia, la pregunta "¿para qué vivo?" tuvo una respuesta provisional muy práctica: para sobrevivir. Para pagar la renta. Para sacar adelante a los hijos. Para que no falte. Esa respuesta nunca fue suficiente, pero ocupaba tanto espacio que no dejaba ver el hueco.

Lo que Banks imaginó es qué pasa cuando esa respuesta se retira. Cuando lo necesario ya está resuelto por alguien más, y alguien más es muy bueno haciéndolo.

Lo interesante es que en la Cultura nadie tiene que hacer nada, y aun así todos eligen algo. Unos se pasan un siglo perfeccionando un solo oficio que nadie les pidió. Otros se vuelven expertos en juegos. Otros se enlistan en la división que trata con otras civilizaciones, y se meten en líos. La abundancia no les quitó las ganas: les quitó la excusa. Lo que hacen ahora lo hacen porque lo eligieron, y eso los deja expuestos de una manera en que nunca estuvo expuesto alguien que trabajaba porque no le quedaba de otra.

Nosotros todavía no vivimos ahí, ni cerca. Pero cada vez tenemos más domingos a las cuatro y diez. Y en esos cinco minutos incómodos aparecen, en miniatura, todas las preguntas que Banks pasó veinticinco años escribiendo.

Aparece la tarde libre que no sabes llenar y que se llena sola con el teléfono. Aparece la pregunta de qué seguirías haciendo si ya nadie te pagara por hacerlo, como ese tío que arregla coches ajenos los domingos gratis y el lunes va a una oficina que odia. Aparece el manual de doscientas páginas que tu empresa te mandó sobre cómo usar la IA, que nadie leyó, y que en realidad no importa, porque lo que se hace de verdad se aprende viendo lo que hace el jefe. Aparece el trámite que le hiciste a tu mamá sin preguntarle, porque tú sabías qué le convenía, igual que el algoritmo sabe qué te conviene ver a ti. Aparece el cambio que hiciste con la mejor intención y que rompió otra cosa. Aparece el mensaje de cumpleaños para tu papá que la IA escribiría mejor, y que llevas diez minutos escribiendo tú, torpe, con tres líneas. Y aparece la visita del domingo que ya nadie necesita que hagas, porque todo está resuelto, y a la que vas igual.

Esas son las siete preguntas de esta temporada. Una por episodio, cada una con un libro de Banks y con un pensador que la vio antes que nosotros.

Ninguna es sobre la máquina. Todas son sobre lo que queda de ti cuando la máquina funciona.

Hay algo que conviene decir antes de seguir, para que no suene a sermón: yo uso IA todos los días. Para escribir, para investigar, para pensar en voz alta.

Y he tenido muchos domingos a las cuatro y diez. Algunos los lleno con lo primero que encuentro, porque el silencio del refrigerador apagado me dura poco. Otros los dejo vacíos a propósito, porque me gusta desconectarme. No escribo esto desde el otro lado. Escribo desde el mismo sillón.

Keynes creía que el día que la humanidad resolviera sus necesidades iba a descubrir, con cierto horror, que no sabía vivir. Banks creía algo un poco más generoso: que íbamos a tener que aprender, y que aprender iba a ser la aventura. Los dos coinciden en lo importante. El día que la máquina nos resuelva la vida no se termina el problema. Empieza.

En El jugador, Gurgeh recibe una invitación. Un imperio lejano, que no se parece en nada a la Cultura, tiene un juego tan complejo que quien lo gana se convierte en emperador. Ahí las cosas sí cuestan. Ahí perder significa algo. El mejor jugador de una civilización donde no hay nada en juego tiene frente a él, por primera vez en su vida, algo que podría perder.

Y se queda pensando si ir.

A lo mejor por eso cuesta tanto la tarde libre del domingo. No porque no tengamos nada que hacer, sino porque, por primera vez, nadie nos va a decir qué es.

Así que te dejo la que Banks le hizo a una civilización entera: si mañana ya nadie necesitara nada de ti, ¿qué harías con tu vida?