Escogiste esa foto porque ahí sí te pareces a ti

Escogiste esa foto porque ahí sí te pareces a ti

Tienes una foto que usas para todo.

No es la más reciente. Tampoco la más favorecedora, aunque eso lo discutirías. Es la que se parece a como te ves por dentro.

Y en el mismo carrete, tomadas el mismo día, con la misma luz y la misma ropa, hay otras once que no soportas. Las viste una vez y las dejaste ahí.

Nadie te enseñó ese criterio. Nadie te dijo qué estabas buscando. Pero al pasar las once supiste, en menos de un segundo cada una, cuál eras tú y cuáles no.

Una señora junto a la alberca

Milan Kundera empieza una de sus novelas mirando a una mujer de unos sesenta años en una alberca.

Ella termina su clase de natación, sale del agua y se despide del instructor con un gesto de la mano. Un gesto ligero, coqueto, encantador.

Y el que mira se queda helado, porque ese gesto no era de ella. Era de una muchacha de veinte años. Estaba prestado.

De ahí, dice, nació el personaje entero del libro. No de una persona: de un gesto que andaba suelto y que se había ido posando en gente distinta a lo largo del tiempo.

Es una idea rarísima cuando la oyes por primera vez y no se te sale de la cabeza después: hay menos gestos que personas. No somos dueños de nuestros gestos. Los usamos. Y a veces, si tienes la mala suerte de fijarte, alcanzas a ver el momento en que uno pasa de una persona a otra.

Y no hace falta una novela para comprobarlo. Tu risa es de alguien. Búscala: es de tu mamá, de un tío, de un amigo de la secundaria que se reía así y te pareció bien. La manera en que te paras a esperar en una fila, con el peso en una pierna. Cómo pones la mano cuando estás escuchando algo que no te gusta. Nada de eso lo inventaste. Lo tomaste, y a estas alturas se siente tuyo porque llevas décadas usándolo.

Ahora aplica eso a tu foto.

Lo que estabas eligiendo

Cuando descartaste esas once fotos no estabas eligiendo la mejor. Estabas eligiendo cuál se parecía más a una imagen que ya traías dentro y que no armaste tú.

La sacaste de algún lado. De cómo te miraba alguien hace quince años. De una foto de tu papá a tu edad. De un actor que te caía bien a los diecinueve. De lo que en tu casa se consideraba una cara seria y confiable.

Esa imagen previa es la que hace el trabajo de selección, en un segundo, sin que puedas verla.

Fíjate además en un detalle de fechas: esa imagen es más vieja que tú. No que tu cuerpo — que tu manera actual de pensar. La armaste antes de tener criterio, con material de gente que ni te preguntó si querías, y la sigues consultando hoy para decisiones que no tienen nada que ver con fotos.

Y es exigente. Es la razón por la que hay gente que no aparece en ninguna foto familiar de los últimos ocho años: no es que no le guste salir, es que ninguna toma coincide ya con la imagen y prefiere no estar a estar desmentida.

La palabra

En 1990, Kundera le puso nombre al sistema completo: imagología.

La idea es más grande que la vanidad, y por eso interesa. Kundera decía que las ideologías —los sistemas que le explicaban al mundo cómo debía vivir, con sus doctrinas, sus libros gordos y sus discusiones— estaban siendo reemplazadas por otra cosa.

Por la administración de imágenes.

Quien diseña las imágenes gobierna, y la ventaja del arreglo es que ya no necesita convencerte de nada. Una ideología te obliga a argumentar, aunque sea contigo mismo. Una imagen no te pide argumentos: te pide parecerte.

Y esto lo escribió en 1990. Sin Instagram, sin filtros, sin la palabra influencer, sin cámaras frontales, sin una sola aplicación que te dijera cuál de tus caras rinde más.

Él vio el mecanismo. Nosotros le pusimos motor.

Y conviene notar quién trabaja para quién. En una ideología hay alguien arriba que necesita que tú creas algo, y para eso tiene que explicártelo, defenderlo y aguantar que le respondas. En la imagología nadie necesita explicarte nada: basta con poner enfrente, todos los días, imágenes de cómo se ve una vida que va bien, un cuerpo que va bien, una carrera que va bien. Tú haces solo el resto del trabajo, gratis, y encima crees que fue idea tuya.

Es más barato de administrar y no deja huella de autor. Por eso ganó.

No la estás cuidando

Aquí está la parte incómoda, y es una sola frase.

Crees que estás cuidando tu imagen. Lo que pasa en realidad es que la estás obedeciendo.

Fíjate en la dirección del mandato. La foto salió de ti, sí. Pero desde el momento en que la elegiste, la que manda es ella: tú tienes que ir a la comida del sábado a sostenerla. Tienes que llegar pareciéndote a esa versión, hablar como ella hablaría, aguantar las cosas que ella aguanta.

Cuando alguien saca el teléfono, tu cara se acomoda sola. No la acomodas tú, se acomoda. Esa es la prueba de quién está a cargo.

Hay una versión todavía más clara y es de estos años. En la videollamada, la ventanita donde te ves a ti mismo. Nunca en la historia de la especie habíamos tenido conversaciones mirándonos la cara mientras hablábamos, y resulta que no podemos dejar de vernos. Ahí estás, escuchando a alguien, y una parte tuya está revisando el ángulo, la luz, la papada, la ceja. Corriges. Te acomodas. Sigues escuchando a medias.

Eso no es vanidad. Es una imagen supervisando en tiempo real a la persona que la tiene que sostener.

Y cuando alguien te toma una foto y no sales como la imagen, no dices "no me gustó la foto". Dices algo mucho más raro: ahí no salí yo. Como si existiera un tú verdadero al que la cámara le falló, y no una cara que también es tuya, un martes, cansada.

Lo que pasa cuando la imagen se atrasa

Lo del gesto prestado tiene una segunda parte que es la que de verdad cobra.

La imagen no envejece contigo. Se queda fija donde la fijaste.

Por eso hay una foto de perfil profesional de hace seis años que sigue viva, y por eso hay gente cuya manera de vestir se quedó congelada en la década en que le fue bien. No es descuido. Es fidelidad: le están siendo leales a una imagen que en su momento funcionó.

Hay una prueba social de esto y la escuchas seguido: cuando te encuentras a alguien después de años, el cumplido es "estás igual". Nos parece amable. Léelo otra vez: le estamos agradeciendo a alguien que no haya desmentido la imagen que teníamos archivada de él. Le decimos que hizo bien su trabajo de sostener una versión que nosotros guardamos por comodidad.

Y nadie dice lo obvio, que es que estar igual después de doce años sería una tragedia.

Yo tengo la mía, para no hablar solo de otros. Hay una foto que uso desde hace años, en la que salgo con una seguridad que ese día no tenía. Ese día andaba preocupado por algo que ya ni recuerdo. La foto no lo sabe, y a estas alturas mucha gente conoce esa versión mía mejor que la de ayer — incluido yo, que la veo más seguido que a mi propia cara.

En la misma novela, Kundera pone a Goethe —el escritor alemán más importante de su época, un hombre enorme— a pelear con la versión de sí mismo que va a sobrevivirlo. Sabe que va a quedar una imagen suya, sabe que ya está mal hecha, y no puede corregirla. Pierde. Todo el mundo pierde ese pleito, porque se juega después.

Y él tenía dos siglos y una obra completa para defenderse. Tú tienes una foto, un puesto en tu perfil y una frase que alguien recuerda haberte oído en una cena.

Dos maneras de que te recuerden

Kundera separa ahí dos cosas que nosotros mezclamos, y la distinción vale para cualquiera.

Está la inmortalidad pequeña: que te recuerden los que te conocieron. Tus hijos, tres amigos, la gente con la que trabajaste diez años. Es modesta, dura poco —dos generaciones, con suerte— y tiene una virtud enorme: quienes te recuerdan te vieron. Saben en qué eras insoportable. El recuerdo tiene cuerpo.

Y está la inmortalidad grande: que te recuerden los que nunca te vieron. Esa es la que suena bien, la que persigue medio mundo con una cámara en la mano.

El problema de la grande es que llega deformada, siempre, y llega cuando ya no estás para corregirla. De la mayoría de la gente famosa que puedes nombrar ahora mismo, lo que sabes es una anécdota, una frase y una cara. Eso es todo lo que quedó. Ni la persona ni el trabajo: una miniatura manejable.

Y en escala doméstica, todos estamos haciendo la grande sin darnos cuenta. Cada vez que eliges qué versión tuya mostrar a gente que no te conoce, estás alimentando la miniatura y descuidando a los que sí te vieron. La foto se la mandas a trescientos. La llamada se la debes a dos.

Dónde te está cobrando esto hoy

No en las redes. En cosas más pequeñas y más caras.

En la conversación donde ibas a decir que no sabes hacer algo, y no lo dijiste, porque el que no sabe no es el personaje. En el puesto que no pediste porque en tu imagen tú todavía no eres alguien que pide. En la ropa que compraste para una versión tuya que no llegó. En que llevas dos años sin cambiar de opinión en público sobre nada.

En la gente que te conoce por la imagen y que, cuando cambias, se molesta de verdad — porque tú les cambiaste una cosa que ellos ya tenían archivada y les funcionaba.

La imagología no gobierna Instagram. Gobierna la distancia entre lo que estás dispuesto a decir y lo que efectivamente dices.

En el trabajo la veo todos los días y tiene una forma muy concreta: gente que sostiene una decisión mala porque cambiarla implicaría admitir que la anterior no fue tan buena. Nadie está defendiendo la decisión. Están defendiendo la imagen del que decide bien.

Y hay un costo que se paga sin verlo. El jefe que necesita parecer el que sabe deja de preguntar, y un equipo donde el jefe no pregunta se vuelve tonto en cuestión de meses — no porque nadie sepa, sino porque nadie tiene por dónde decirlo. Todo eso para sostener una imagen que, además, ni siquiera engaña a nadie: los de abajo la tienen perfectamente identificada y la conversan en el pasillo.

Ahí está la ironía completa. Nos gobierna una imagen que los demás ya vieron que es una imagen.

Las once que no borraste

Una prueba, si quieres tenerla.

Abre las once fotos que descartaste ese día. No para elegir otra. Solo para ver qué tienen en común lo que te molesta de ellas.

Casi siempre es lo mismo: sales más viejo, más cansado, menos en control, con una expresión que no controlaste. O sea, sales el resto de las horas de tu vida.

Y hay algo más, que solo se ve si aguantas mirarlas un rato. En esas once hay gente. Alguien te estaba diciendo algo, alguien se estaba riendo fuera de cuadro, tenías la mano en el hombro de otro. La que elegiste, en cambio, casi seguro es la más sola de las doce: la que se sostiene por sí misma, la que no depende de nadie más para significar algo.

Elegimos siempre la que se puede mandar sin explicarle nada a nadie.

No las borraste, por cierto. Ahí siguen, en el mismo teléfono, a dos deslizamientos de distancia. Eso también dice algo: sabes perfectamente que son ciertas.